jueves, 30 de octubre de 2008

SAN ALONSO RODRIGUEZ, SI – 1533-1617

Santos contemporáneos de Sor Mariana de Jesús Torres – 1563-1635
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Jesuita
Fiesta: 30 de octubre
Etimología de la palabra Alonso: "pronto para hacer el bien" (del germano al: el bien. Ons: prontitud).
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San Alonso nació en Segovia (España) en 1533, hijo de un comerciante acaudalado.
Cuando nuestro santo aún era un niño, tuvo la suerte de que llegó a su ciudad a predicar el Beato Pedro Fabro (discípulo muy amado de San Ignacio de Loyola) y se hospedó en la casa de los padres de Alonso y luego en compañía del jovencito se fue a una finca que poseía la familia Rodríguez, y allá lo preparó a la Primera Comunión. Esta amistad con un gran apóstol le fue de enorme provecho para su santificación.
Alonso fue después a estudiar en un colegio de los Padres Jesuitas, pero al morir su padre tuvo que volverse a casa para administrar los negocios. Sin embargo el destino que Dios le tenía preparado no era el de negociante y como no poseía las suficientes cualidades para ese oficio, sus negocios fueron decayendo poco a poco. Era como una llamada que Dios le hacía para que se dedicara a otra labor donde sí iba a conseguir la santidad.
Alonso se casó con una mujer muy buena y piadosa y tuvieron un hijo. Pero luego cuando iba a nacer el segundo niño, la esposa murió, dejándolo viudo y con un hijo muy pequeño. En seguida murió también su madre y los negocios empezaron a quebrar. Esta serie de infortunios hizo pensar a Alonso si no sería que Dios quería de él otro modo de vivir. Hasta entonces había sido un honrado comerciante, pero le faltaba todavía ser un creyente fervoroso y heroico
Vendió entonces los pocos bienes que le quedaban y se fue con su hijito a vivir junto a dos hermanas suyas que eran extraordinariamente piadosas, las cuales le enseñaron el arte de rezar bien, y de hacer meditación y oración mental. Las enseñanzas de estas dos sencillas mujeres le fueron de inmensa importancia para su vida. Alonso meditaba dos horas diarias por la mañana, y por la tarde rezaba el Rosario meditando en sus santos misterios. Pronto empezó a descubrir la imperfección de su vida pasada, viéndola a la luz de las enseñanzas de Jesucristo. En un momento de meditación alcanzó a contemplar un poco los goces que nos esperan en el Cielo, y en esos días hizo una confesión general de toda su vida y empezó una existencia totalmente dedicada a la oración, a la mortificación, a la meditación y a obras de caridad a favor de los pobres.
Luego murió su único hijo. Alonso sintió una agonía de muerte, pero en seguida Nuestro Señor le iluminó con la lectura de una página del Libro de la Sabiduría (Capítulo 4) que dice que a muchos jóvenes se los lleva Dios a la otra vida para evitarles terribles peligros que les podían llegar en esta vida contra su santidad y su salvación. Con esto Alonso se consoló inmensamente porque comprendía que su hijito tan amado, al morir tan joven se había librado de muchos peligros de ofender a Dios. Y esa muerte tan dolorosa lo movió a renunciar a todo e irse de religioso.
Alonso pidió a los padres jesuitas que lo aceptaran en su comunidad, pero nadie quería recibirlo porque tenía ya casi 40 años, no había hecho estudios y además era viudo. No era costumbre recibir gente en esas condiciones. Pero de pronto el superior sin saber por qué, cambió de parecer, y lo aceptó como hermano lego. Esa iba a ser la profesión que lo iba a llevar a la santidad.
Los superiores lo enviaron a la isla de Mallorca como portero del colegio de los jesuitas de Montesión. Allí en ese cargo se ganará la gloria del Cielo atendiendo durante 45 años con la más exquisita bondad a toda clase de huéspedes y transeúntes.
Ser portero en un gran colegio no es tarea fácil, y menos lo era en aquellos tiempos en los que no había ni teléfono, ni otros medios de fácil comunicación de que disponemos hoy en día. Y los que lo conocieron y trataron dejaron constancia de que jamás alguien recibió del hermano Alonso un trato hosco o maleducado o frío, sino que por el contrario, todos se sentían tratados como si fueran grandes personajes. Allí llegaban montones de alumnos (con su algarabía juvenil), padres de familia, proveedores del colegio, religiosos viajeros que venían a pedir hospedaje por unos días, visitantes, médicos, obispos, militares, empleados del gobierno, vendedores y multitud de pordioseros y cada cual se sentía tratado por el hermano Alonso con una amabilidad que no estaban acostumbrados a recibir en otras partes.
Alonso Rodríguez se propuso ver a Jesús en cada visitante que llegaba, y tratar muy bien a Jesús que llegaba disfrazado de prójimo. Cuando alguien le preguntaba por qué no era más duro y áspero con ciertos tipos inoportunos, le respondía: "Es que a Jesús que se disfraza de prójimo, nunca lo podemos tratar con aspereza o mala educación". Seguramente que Nuestro Señor al llegar al Cielo le habrá repetido aquello que en el Evangelio prometió que dirá a quienes tratan bien a los demás: "Ven siervo bueno y fiel. Entra en el gozo de tu Señor, porque cuando me disfracé de huésped me trataste sumamente bien. El buen trato que les diste a los demás, aún a los más humildes, lo recibo como si me lo hubieras dado a Mí en persona" (Mt. 25, 40).
Sus compañeros jesuitas dejaron escrita esta observación verdaderamente admirable: "Declaramos que jamás vimos en el hermano Alonso Rodríguez un comportamiento que no fuera el de un verdadero santo". Algo admirable en verdad.
De entre tantísimos amigos que el Hno. Alonso trató en su oficio de portero en los 45 años en Montesión, el más santo e importante de todos fue San Pedro Claver. Este gran apóstol vivió tres años con el Hno. Alonso en aquella casa, y una noche el fervoroso portero oyó en visión que le decían: "Pedro Claver está destinado a hacer un gran bien en Sudamérica". Desde entonces el santo portero se propuso animar a Pedro a que viajara como misionero a América, y lo logró. Pedro Claver bautizó a más de 300,000 negros en Cartagena de Indias (Colombia), y nunca pudo olvidar los buenísimos consejos que le dio su fiel amigo el Hno. Alonso, en Mallorca.
San Pablo decía que para que no se llenara de orgullo Dios le permitió ataques terribles en su carne. Y así le sucedió también al Hno. Alonso. De vez en cuando le llegaban sequedades tan espantosas en la oración que para él, rezar era un verdadero tormento. Todo lo que fuera piedad le producía repulsión. Pero así y con esas sequedades seguía rezando. Rezaba todo el día, viajando de un sitio a otro de la casa llevando razones y mensajes, o atendiendo en su portería a todo el que llegaba. El Hno. Alonso rezaba siempre.
Un día cuando sus tentaciones contra la castidad se le habían vuelto casi enloquecedoras, al pasar por frente a una imagen de la Santísima Virgen le gritó en latín: "Sancta Maria, Mater Dei, memento mei" (Santa María Madre de Dios, acuérdate de mí) e inmediatamente sintió que las tentaciones desaparecían. Desde entonces se convenció de que la Santísima Virgen tiene gran poder para alejar a los espíritus impuros, y se dedicó a encomendase a Ella con mayor fervor. Le rezaba varios rosarios cada día y en honor de la Madre de Dios rezaba salmos diarios. Y la Virgen María fue su gran Protectora y defensora hasta la hora de su muerte y se le apareció varias veces, llenándolo de increíble felicidad.
En sus dolorosas enfermedades se sentía asistido por Jesús y María y decía que había días en que los sentía tan presentes junto a él como si hubiera vivido en Nazaré. Esto le producía intensas alegrías espirituales.
Con autorización de sus superiores fue escribiendo todo lo que recordaba de sus experiencias espirituales, y en esa su autobiografía hay detalles que demuestran cómo este sencillo e ignorante Portero de un Colegio llegó a altísimos grados en la vida mística. Con razón las gentes de todas las clases sociales iban al Colegio a pedirle sus consejos, a consultarle sus dudas y a recibir consuelos para sus penas.
Cuando ya era muy anciano y estaba sumamente enfermo, un día el superior para ver qué tanta era su obediencia le dijo: "Le ordeno que se vaya de misionero a América del Sur". Inmediatamente Alonso empacó sus pocas ropas y salió por la portería, listo a embarcarse en el primer barco que llegara. El superior tuvo que mandarle otra vez que se volviera a su puesto.
Otro día el superior, que sufría de un reumatismo sumamente doloroso le dijo: "Hermano Alonso, pídale a Dios y a la Virgen que me curen de este mal tan molesto". El santo estuvo toda la noche rezando, y no dejó de rezar pidiendo aquel favor, sino cuando al amanecer supo que el Padre Superior había amanecido totalmente curado.
El 29 de octubre de 1617 sintiéndose sumamente lleno de dolores y de angustias, al recibir la Sagrada Comunión, inmediatamente se llenó de paz y de alegría, y quedó como en éxtasis. Dos días estuvo casi sin sentido y el 31 de octubre despertó, besó con toda emoción su crucifijo y diciendo en alta voz: "Jesús, Jesús, Jesús" expiró.
(Tomado de “Church Forum”)

domingo, 23 de marzo de 2008

Santo Toribio de Mogrovejo - 1538-1606

Santos contemporáneos de Sor Mariana de Jesús Torres – 1563-1635
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Arzobispo de LIMA, Perú
SANTO TORIBIO ALFONSO DE MOGROVEJO – 1538-1606
Fiesta: 23 marzo
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Nació en España hacia el 1538, y estudió derecho en Salamanca. Nombrado obispo de Lima el año 1580, marchó a América. Lleno de celo apostólico, reunió numerosos Sínodos y Concilios que promovieron con mucho fruto la vida religiosa de todo el Virreynato. Defendió con valentía los derechos de la Iglesia, con gran dedicación a su grey y preocupación, sobre todo, por la población autóctona. Murió el año 1606.
Estudió Leyes y, siendo profesor de derecho en la Universidad de Salamanca, el Rey Don Felipe II lo nombró Juez principal de la Inquisición, en Granada . Era cosa extraordinaria que un laico ocupase ese puesto.
Algunos años después, la sede Arzobispal de Lima quedó vacante. Santo Toribio fue elegido para el cargo en 1580 aun sin ser sacerdote. Fue ordenado Sacerdote y Obispo justo antes de ser enviado a Lima. Llegó en 1581. Allí comprendió lo ardua que era la misión que se le encomendaba: su Diócesis tenía unos 700 kms. de costa y se adentraba hasta los Andes. Las comunicaciones eran en aquellos tiempos muy malas. Pero uno de los más graves problemas era cuidar de las actitudes de muchos de los hombres que venían a América para hacer fortuna y daban a los nativos un desastroso ejemplo de lo que era el Cristianismo.
El primer cuidado del nuevo Arzobispo fue restaurar la disciplina de la vida eclesiástica que en gran medida se había perdido. Se mostró inflexible con los escándalos que algunos miembros del clero daban en las tierras recién descubiertas, castigando la injusticia y el vicio. Empleaba su autoridad para propagar el Evangelio y defender a los que eran oprimidos. Esto le ganó algunos enemigos y fue perseguido por ellos. Algunas autoridades llegaron a obstaculizar su trabajo. Pero su perseverancia dio fruto. Reunió numerosos Sínodos y Concilios que promovieron la vida religiosa de todo el virreynato.
A los que trataban de justificar su abusos con una torcida interpretación de la Ley Divina, el santo les respondía con las palabras de Tertuliano: "Cristo dijo: Yo soy la verdad. No dijo: Yo soy la costumbre". Santo Toribio no solo hablaba sino que dedicaba toda su energía al servicio de Dios y de la salvación de las almas. Lo hacía con gran caridad. Fundó numerosas iglesias, Monasterios y hospitales. En 1591, fundó en Lima el primer Seminario del Nuevo Mundo.
Estudió los dialectos indígenas hasta edad avanzada para poder hablar con ellos. A veces pasaba dos o tres días evangelizando en lugares que no le podían ofrecer ni una cama ni comida suficiente. Visitó así toda su extensa Diócesis. Cuando alguien trataba de disuadirle alegando las dificultades del transporte y el peligro de bandoleros, Santo Toribio respondía que Cristo no había tenido miedo de hacerse hombre para salvarnos.
Aun cuando se hallaba de viaje no dejaba de celebrar la Santa Misa, lo que hacía siempre con gran fervor; se confesaba diariamente con su Capellán.
Entre los miles de nuevos cristianos que Santo Toribio confirmó se encuentran Santa Rosa de Lima, San Martín de Porres y el Beato Juan Macías.
A partir del 1590 contó con el apoyo del sacerdote religioso franciscano San Francisco Solano, otro gran misionero y defensor de los derechos de Dios; protegió también a los indígenas y los necesitados.
A los 68 años Santo Toribio cayó enfermo en Pacasmayo, muy al norte de Lima. Llegó después enfermo a la ciudad llamada Santa. Hizo su testamento por el que dejó a sus empleados sus efectos personales y a los pobres el resto de sus propiedades. Después pidió que lo llevasen a la Iglesia para recibir el Viático y la Unción de los Enfermos.
Murió el 23 de marzo de 1606 mientras los presentes entonaban el Salmo: "Mi corazón se llenó de gozo cuando me dijeron vamos a la casa del Señor".
Fue canonizado el 23 de marzo de 1606, 55 años después de Santa Rosa. Santo Toribio de Mogrovejo y Santa Rosa son los primeros santos del Nuevo Mundo.
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